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Estar al lado de los que sufren

Agenda política de Lxs Irrompibles hasta fin de año: convertir dolores privados en causas colectivas y construir una nueva mayoría.

29/10/2026 · Compartir por WhatsApp →

LXS IRROMPIBLES

Lxs Irrompibles

Estar al lado de los que sufren

Lxs Irrompibles, Octubre 2026

Una agenda para reconstruir comunidad y construir una nueva mayoría

La política argentina atraviesa, como buena parte de Occidente, una crisis que no es solamente económica ni electoral. Es también una crisis de los vínculos, de la confianza y de la capacidad de reconocernos como parte de una misma comunidad.

Durante mucho tiempo pensamos las injusticias fundamentalmente a partir de grandes divisiones sociales: trabajadores y empresarios, ricos y pobres, incluidos y excluidos. Esas desigualdades siguen existiendo y siguen siendo determinantes. Pero la sociedad se volvió más compleja y fragmentada. Hoy millones de personas sufren injusticias que no siempre encuentran una identidad colectiva o una organización que las represente.

Una persona se endeuda para llegar a fin de mes y siente que fracasó porque administró mal su economía. Una madre que reclama una cuota alimentaria que el padre de sus hijos decidió no pagar cree que es un problema familiar o de pareja. Un adolescente soporta un tormento que lo persigue desde la escuela hasta la intimidad de su habitación ya que continúa a través de un pantalla. Una persona que atraviesa una crisis de salud mental y muchas veces se autoincrimina, supone que debe resolverla sola.

Son problemas diferentes. Pero contienen algo en común: personas que se quedan solas frente a situaciones que las superan. Nuestra agenda política de acá a fin de año parte de una convicción sencilla, queremos y debemos estar al lado de quienes sufren.

Una época que nos quiere solos

Hay dos grandes males que atraviesan nuestra época: el individualismo y la desconfianza. El individualismo contemporáneo instaló la idea de que cada persona debe ser enteramente responsable de su destino. Tenemos que construir nuestra carrera, administrar nuestros ingresos, desarrollar nuestra identidad, resolver nuestras emociones, garantizar nuestro futuro y enfrentar nuestras dificultades prácticamente solos.

Cuando cada fracaso se interpreta exclusivamente como una responsabilidad personal, las injusticias sociales se convierten en culpas privadas. El que se endeuda siente

vergüenza, el que pierde el trabajo que tiene que “reinventarse”. La víctima se pregunta qué hizo mal. Quien atraviesa una crisis emocional cree que debería poder salir adelante solo. El individualismo privatizó el sufrimiento .

Al mismo tiempo creció una profunda desconfianza hacia todo aquello que pretende representarnos: la política, los partidos, los medios, las instituciones, los expertos, el Estado. Las nuevas tecnologías democratizaron la posibilidad de hablar, cuestionar y denunciar. Eso tuvo aspectos profundamente positivos. También construyó una sociedad extraordinariamente eficaz para impugnar pero mucho menos preparada para construir.

Sabemos cada vez mejor lo que rechazamos. Nos cuesta cada vez más acordar qué queremos construir juntos. La indignación puede derribar legitimidades, pero no necesariamente construye comunidad. La bronca puede reunir durante un momento a personas muy distintas, pero no necesariamente produce un proyecto. Por eso nuestra respuesta no puede ser simplemente indignarnos más fuerte, tenemos que volver a demostrar que hacer cosas juntos sirve.

Hay además una experiencia que atraviesa buena parte del malestar contemporáneo: sentirse despreciado. El desprecio no siempre es una agresión abierta, también puede manifestarse como invisibilidad: sentir que nadie escucha, que nadie comprende el esfuerzo cotidiano, que nuestras preocupaciones no forman parte de la agenda pública. Que quienes toman decisiones viven en otro mundo, que nuestros problemas son demasiado pequeños para la política.

La sociedad exige reconocimiento, consideración, en definitiva; respeto. Respeto significa reconocer que todas las personas poseen la misma dignidad y que sus problemas merecen ser escuchados.Por eso queremos hacer política desde un lugar que nadie ocupa. No solamente acompañar a quienes ya pudieron organizar su demanda, construir una identidad y movilizarse. También ir hacia quienes todavía viven su sufrimiento en silencio. Hay una política que se construye alrededor de quienes luchan. Es necesaria y forma parte de nuestra tradición militante. Pero existe otra tarea igualmente importante: representar a quienes sufren y todavía no transformaron ese sufrimiento en una lucha colectiva.

Convertir dolores privados en causas colectivas

La política empieza cuando politizamos el malestar individual, cuando comprendemos que determinadas situaciones que parecen exclusivamente personales en realidad expresan problemas colectivos. Politizar un problema no significa partidizarlo artificialmente. Significa demostrar que las cosas no tienen necesariamente que ser como son. Significa transformar “esto me pasa a mí” en “esto no debería pasarle a nadie”.

Nuestra agenda legislativa, política y militante de cara a fin de año expresa esta concepción. Cuando defendemos a las personas endeudadas frente a mecanismos abusivos de cobranza, no estamos premiando irresponsabilidades individuales sino reconociendo que existen enormes asimetrías entre una persona atravesada por una dificultad económica y organizaciones que poseen recursos, información y herramientas capaces de convertir una deuda en hostigamiento cotidiano.

Cuando fortalecemos las herramientas contra quienes incumplen deliberadamente sus obligaciones alimentarias, no estamos interviniendo arbitrariamente en relaciones privadas. Estamos diciendo que criar hijos es una responsabilidad compartida, que ninguna mujer debe quedar sola sosteniendo aquello que corresponde a dos, cumplir con los derechos que tienen las infancias.

Cuando impulsamos la Ley Ema frente a la violencia digital en las adolescencias, estamos entendiendo una transformación de época. La violencia ya no termina cuando un adolescente vuelve de la escuela a su casa. Una humillación puede reproducirse miles de veces, continuar durante las veinticuatro horas y entrar hasta su habitación. Frente a nuevos daños hacen falta nuevas formas de protección.

Y cuando construyamos nuestra agenda de salud mental, tendremos que partir del mismo principio. La angustia, la ansiedad, la soledad y determinados padecimientos no pueden ser reducidos a una incapacidad de cada persona para gestionar correctamente sus emociones. Una sociedad que produce vínculos más frágiles, incertidumbre permanente y aislamiento también debe hacerse responsable de construir herramientas de cuidado.

La premisa es reconocer el dolor ajeno, y construir desde el Estado una herramienta concreta, una ayuda real, un servicio que preste lo público y le llegue a personas reales de carne y hueso.

Una nueva transversalidad social

La Argentina necesita construir una nueva mayoría, encontrar aquello que puede hacer que personas diferentes se reconozcan como parte de una causa común. La sociedad está llena de problemas que atraviesan fronteras políticas tradicionales. Ahí existe una oportunidad para construir una nueva transversalidad social.

No se trata de negar nuestras ideas ni de abandonar nuestra identidad sino de encontrar principios suficientemente fuertes como para poder convertirse en valores compartidos por personas que provienen de lugares distintos. Por ejemplo, que nadie se debería quedar solo frente a aquello que lo daña.

La derecha contemporánea encontró una enorme capacidad para organizar la frustración. Nuestra tarea no puede consistir en competir para ver quién expresa mejor el enojo. Tenemos que construir algo más difícil: transformar el malestar en esperanza concreta. Para eso la política debe recuperar su capacidad de producir pequeñas victorias que cambien realmente la vida cotidiana.

Una ley que detiene un hostigamiento. Una herramienta que obliga a cumplir una responsabilidad alimentaria. Una política que protege a un adolescente. Un dispositivo que acompaña a alguien cuando atraviesa una crisis. Cada una puede parecer una intervención pequeña frente a los enormes problemas de la Argentina. Pero también puede demostrar que no estamos condenados a vivir como vivimos.

Persuadir al pueblo de que solo no llegamos a ningún lado, que todos somos dignos de respeto y que es imprescindible reconstruir la confianza en el otro para vivir en comunidad, la única manera de alcanzar la libertad real.

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